La casa.
Sus ventanas.
El polvo aprendiendo mi nombre.
La marea regresaba
aunque nadie la llamara.
Dejé la llave bajo la piedra.
La puerta siguió respirando sola.
La fotografía olvidó mi rostro primero.
Yo tardé un invierno más.
Debajo de la ceniza
un árbol insistía.
Pequeño.
Terco.
Vivo.
El mar no pidió disculpas.
Tampoco yo.
Ahora la casa sigue allí.
Ya no es mi reino.
Sólo un lugar
donde el viento recuerda por mí.

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